Revista de Cine Versión Original 250. Mi película española

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En la más reciente novela de Juan Marsé, Esa puta tan distinguida (2016), que va sobre las estrategias del olvido, hay un personaje llamado Felisa, que trabaja en la casa del narrador y que se apuesta con él adivinanzas de diálogos de películas, lo que llama «acertijos de celuloide». Ella, por ejemplo, le suelta: «Ahora corre y dile a tu madre que todo está arreglado, y que ya no queda ninguna pistola en el valle». Y cuando su jefe le suplica que no es el momento, ella insiste en que se apueste un duro si sabe quién le decía eso en una peli a un niño rubio de ojos asombrados. Más adelante, la sin par Felisa, con más de quince años de impecable servicio en la casa, vuelve a la carga: «Quienquiera que sea, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos. ¿Quién dijo eso? Seguro que lo recuerda. ¿Quién es esa pobre mujer que se declara tan desvalida, y en qué película? Cinco segundos, y va un durito en la apuesta». En la novela de Marsé no hay nada que desvele esos enigmas, que quedan ahí prendidos, en la línea argumental, para que el lector se preste, si quiere, a la apuesta. Y aventurarse, entonces, a evocar aquello de Adan Alda en Raíces profundas (1951), de George Stevens, o lo de Vivian Leich, la pobre Blanche, en Un tranvía llamado deseo (1951), de Elia Kazan. Y ganar el durito a Felisa, que -dice el personaje de Marsé- «cree que el cine resuelve los acertijos de la vida».

No es la primera vez que el cine ocupa por alusiones las páginas de la narrativa de Juan Marsé, aunque en esta ocasión buenas dosis de la atmósfera, del espacio, del género, de los personajes y de los olores de esta novela son cinematográficas. Y no será la primera ni la última vez que cine y literatura se den la mano, compartan fila en butacas contiguas y propicien un diálogo tan fresco y enriquecedor como el juego doméstico de la Felisa de Esa puta tan distinguida. Lectores y escritores -siempre en este orden- que a través de la letra se acercan al séptimo arte; y cinéfilos y cineastas que saben que vuelven a tener en un texto literario el placer de encontrar confirmación de sus pasiones. Este noble trasiego es el que quiere sugerir un número tan extraordinario de Versión Original como el ducentésimo quincuagésimo, ordinalmente; el doscientos cincuenta (250). Conviene remacharlo. Son dos centenares y medio de entregas mensuales sin faltar una a lo largo de veintitrés años, desde 1993.

Que este número especial sea el que viene dividiendo cada año natural de la revista con el corte del verano es una refrescante coincidencia, que invita a leer con más tiempo un volumen crecido de páginas; pero lo es en un año, 2016, el de los 400 de la muerte de Cervantes, que redobla la vocación literaria que Versión Original siempre ha tenido cada vez que ha querido celebrar un aniversario señalado o una cifra redonda. Vocación literaria y vocación cervantina que, sumadas al perfil que tienen la revista y la fundación que la edita por su apoyo y difusión del cine español, han venido a confluir en el nombre de un cineasta y literato como Manuel Gutiérrez Aragón (Habla, mudita, 1973; Camada negra, 1977; El corazón del bosque, 1979; Demonios en el jardín, 1982; Feroz, 1984; La mitad del cielo, 1986; Cosas que dejé en La Habana, 1997; Una rosa de Francia, 2005), el autor de la serie televisiva Quijote (1991) y del largometraje El caballero don Quijote (2002), que prologa estas  páginas con un extracto de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, “En busca de la escritura fílmica”, pronunciado en enero de este año y tan apropiado para los rasgos de esta entrega de Versión Original. Gutiérrez Aragón considera que el oficio de narrar historias le ha venido siempre de la literatura y su razón narrativa se observa claramente en las luminosas palabras con las que cuenta su experiencia de adaptación a guion cinematográfico de la novela Los pazos de Ulloa de Pardo Bazán para la excelente serie que dirigió Gonzalo Suárez, otro escritor y cineasta, en 1985.

La colaboración en Versión Original de Manuel Gutiérrez Aragón -invitado al XI Congreso de Escritores Extremeños de 2014 dedicado a «Literaturas Laterales», precisamente- es un acicate para los afanes de una publicación dedicada enteramente al cine y con una especial sensibilidad por todo lo relacionado con la literatura. Así cabe entender también la voluntad de abrir las páginas de la revista a otros colaboradores; de tal manera que el equipo habitual, en el que hay críticos que llevan años y años sin faltar ni un solo mes a la cita de escribir sobre una película, se dejan acompañar por los ocasionales que han sido invitados a publicar una predilección cinematográfica. Así ocurrió con el número cien (diciembre de 2002) sobre «La nieve», o con el número 150 dedicado a «La adolescencia» -en sus primeras páginas se publicó el listado de los más de ciento noventa nombres que hasta junio de 2007 habían escrito en la revista-, y también en el número 200 (enero de 2012), quizá el más extenso de todos los editados y ya con una lista de doscientos sesenta y cuatro nombres. Los colaboradores fieles y constantes ceden, como ahora, las primeras páginas a los advenedizos y esporádicos escritores invitados. Jose María Santiago, Pedro Triguero-Lizana, Raquel Abad, Rodrigo Arizaga, Lorenzo Ayuso, Daniel Marín, Francisco Mateos Roco, María José Chinchilla, Guillermo Triguero, José Manuel Rodríguez o María José Agudo así lo hacen con Irene Sánchez Carrón, Victoria Pelayo, Pilar Galán, Basilio Sánchez, Jesús Mª Gómez Flores, Álvaro Valverde, Alonso Guerrero, Eduardo Moga, José Luis Bernal, Luis Sáez Delgado, J. J. Ventura, Liborio Barrera… Entre todos, suman cincuenta y tres colaboradores, y, con el pie forzado de “mi película española”, logran esbozar, en cincuenta y cuatro títulos, un significativo balance de la escena española en la que están algunos de los más representativos autores de la historia del cine español contemporáneo. Desde La vida en un hilo (Edgar Neville, 1945), la película más antigua, hasta Truman (Cesc Gay, 2015) o Los héroes del mal (Zoe Berriatúa, 2015), las más recientes, queda comprendida una selección del cine español que destaca, por ejemplo, toda la producción de un director como Víctor Erice (El espíritu de la colmena, El sol del membrillo y El sur); nombres como Fernando Fernán Gómez -representado aquí con tres películas como director y seis como actor-, Luis García Berlanga -con cuatro películas-, Juan Antonio Bardem y José Luis Cuerda con tres películas; pero en la que están además otros de los directores más notables del cine español, aunque con reveladoras ausencias que confirman la contingencia de números así de especiales y de abiertos al soberano gusto de quien ve y escribe.

Un número extraordinario vestido también para la ocasión con ilustraciones originales de Fermín Solís sobre dos hitos de nuestro género bien representativos, El verdugo, de García Berlanga, y Los santos inocentes, de Mario Camus, tan relacionado con Extremadura. Lo merece esta cabecera con doscientas cincuenta entregas que ha tratado más de tres mil películas, desde los Lumière o Georges Méliès hasta Cesc Gay o Lara Izagirre. Lo merece una revista que siempre nos impugna con su empeño cuando nos hemos quejado por los peligros que ha experimentado de desaparecer, por sus problemas. Doscientos cincuenta números después, Versión Original sigue manteniendo el espíritu con el que nació, y yo sigo viendo por las calles de Cáceres a algunos de sus promotores llevando en mano mazos de ejemplares a los locales que la sostienen.

Miguel Ángel Lama