Revista de Cine Versión Original 263. Víctimas

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Hacer un estudio sobre las personas que han sufrido algún daño, o incluso la muerte, por culpa de determina acción en la historia del celuloide nos llevaría años de trabajo. Casi todas las víctimas han tenido su duelo en el cine, y en este ejemplar de Versión Original recordamos algunas de ellas, sin olvidar que son todas consecuencia de acciones de los seres humanos: Mateo Pérez Pérez y Pablo Pérez Rubio, hijo y padre respectivamente, recuerdan a aquellas víctimas que murieron por el único delito de mantener unas tradiciones tan antiguas como su lengua, en Akelarre (Pedro Olea, 1984); Ángeles Pérez Matas y Ángela Recuero Pérez, madre e hija respectivamente, denuncian los casos de xenofobia a raíz de los atentados del 11-S, en Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010); José Manuel Rodríguez Pizarro nos relata, con La muerte y la doncella (Roman Polanski, 1994), una de las historias de violaciones de los derechos humanos durante las dictaduras militares en Latinoamérica; Pedro Triguero-Lizana invoca a las víctimas de los pederastas en El cebo (Ladislao Vajda, 1958), un proyecto difícil de producir en el cine español de la época; José María Santiago delata con La caza (Thomas Vinterberg, 2012) los casos infundados de abusos a menores en el aula, que también son víctimas de nuestra sociedad; Lorenzo Pascasio resalta a los jóvenes víctimas de la heroína, la pobreza y la marginación en Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1980); Adolfo Monje nos aconseja la reciente Déjame salir (Jordan Peele, 2017) donde nos encontramos con víctimas del racismo; Daniel Marín invoca a las víctimas de la pobreza en la sociedad azteca frente a los ricos indulgentes en Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012); Encarna Fernández Capilla denuncia la violación de los derechos de las mujeres en Turquia, centrándose en unas jóvenes hermanas que no se les permite decidir su futuro en Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015); Guillermo Triguero incluye a Tommy Wiseau como víctima de la clasista industria cinematográfica americana, a través de su película The Room (Tommy Wiseau, 2003); Gracia Iglesias Mínguez nos invita a reconocer a todas las víctimas de una película española inclasificable y enigmática como es Magical Girl (Carlos Vermut, 2014); Francisco Mateos Roco alude, a través de Después de Lucía (Michel Franco, 2012), a las víctimas del acoso escolar que el cine ha insistido en repudiar; Raquel Abad Coll y Francisco Javier Millán rememoran a las víctimas del brutal atentando de Omagh, en Irlanda del Norte, cuyo funesto balance dio lugar a 21 víctimas mortales y 200 heridos, con Omagh ( Pete Travis, 2004); Diego J. Corral acusa a Terence Fletcher (J.K. Simmons), profesor de un conservatorio de música, de traumatizar a sus alumnos con sus métodos de enseñanza en Whiplash (Damien Chazelle, 2014); Valeriano Durán Manso enumera las víctimas de Ellen (Gene Tierney) en Que el cielo la juzgue (John M Stahl, 1945); Leonardo Brandolini reflexiona sobre el terror de ser víctimas de la propia naturaleza humana en Llega de noche (Trey Edward Shults, 2017); Pedro García Cueto evoca a dos víctimas de un mundo que no entienden, a dos seres errantes en un mundo opresivo, en Persona (Ingmar Bergman,1966); Luis Alberto Jiménez Acevedo elogia a las víctimas del racismo que han podido superar las barreras impuestas por personas que solo se fijaban en el color la piel, en Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016); Marcos Jiménez González nos propone Las manos de Orlac (Robert Wiene, 1924), donde el protagonista no es solo un individuo sumido en la tragedia de su existencia, sino que es víctima de una parte de su cuerpo, que le subyuga y le aterra; Rodrigo Arizaga Iturralde recuerda a las víctimas de un matrimonio sumido en las falsas apariencias, en Perdida (David Fincher, 2014); Alejandro Moreno Flores nos invita a sumergirnos en la tercera película de la saga Capitán América, Capitán América: Civil War (Anthony Russo y Joe Russo, 2016), con villanos, superheróes y víctimas; Carlos Marín desempolva la muerte del actor Brandon Lee, víctima de unas extrañas circunstancias durante el rodaje, en El Cuervo (The Crow, 1994); la propuesta de David Recio Gil sigue vinculada a Hollywood, en concreto a las víctimas de las listas negras en Trumbo. La lista negra de Hollywood (Jay Roach, 2015); Jorge Capote evoca a las jóvenes modelos asesinadas de forma salvaje en Seis mujeres para el asesino (Mario Bava, 1964); Marta G. Moreno analiza al asesino misógino víctima del poder de la Gran Madre en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960); y José Rodríguez Naranjo insiste en la denuncia del acoso escolar en la revisión del clásico de Brian De Palma Carrie (Kimberly Peirce, 2013).

En el número de 255 de Versión Original, dedicado a “Los fugitivos en el Cine”, recomendé El Club de Pablo Larraín, película que denunciaba la protección y ocultación de miembros de la iglesia católica con antecedentes de abusos sexuales a menores. Las violaciones a niños no están solo en el ámbito de la institución eclesiástica, también están presente en el seno familiar y en las aulas. Muy recomendable es el libro Instrumental, de James Rhodes, uno de los más eminentes concertistas de piano de la actualidad, que relata en su libro las violaciones que sufrió a los seis años por parte de su profesor de educación física y toda su pasión por la música clásica, pasión con la que pudo superar la locura, las secuelas físicas, las drogas y el suicidio. Que disfruten con la lectura.