V.O. 274. La nostalgia

El cine es, también, una máquina de nostalgia. Una máquina necesaria para situarnos en el tiempo y en el espacio, y por eso muchas películas que rememoran tiempos pasados permiten experimentar aquellas sensaciones que teníamos dormidas a través de las historias que vemos en la pantalla. Algunas de estas historias son las que aparecen recomendadas en este número sobre la melancólica tristeza que origina el recuerdo. Veintiséis películas muy diferentes que enumeramos: Splendor (Ettore Scola, 1989) por Deborah Vukusic; Volver a empezar (José Luis Garci, 1982) por Gracia Iglesias Mínguez; Vieja amistad (Vincent Sherman, 1943) por María García Medina; Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) por Ángeles Pérez Matas; ¡Rompe Ralph! (Rich Moore, 2012) por Ángela Recuero Pérez; Nuestros días felices (Bertrand Tavernier, 1990) por Raquel Abad Coll y Joan Pérez Abad; El curso que amamos a Kim Novak (Juan José Porto, 1980) por Guillermo Herráez Cubino; Jo, papá (Jaime de Armiñán, 1975) por Pablo Pérez Rubio; A Ghost Story (David Lowery, 2017) por Francisco Mateos Roco; El árbol de la vida (Edward Dmytryk, 1957) por Valeriano Durán Manso; Grey Gardens (Albert y David Maysles, 1975) por Alfonso Pérez Martín; Un toque de canela (Rassos Boulmetis, 2003) por José Manuel Rodríguez Pizarro; España otra vez (Jaime Camino, 1968) por Pedro Triguero-Lizana; Nostalgia (Andrei Tarkovski, 1983) por Alejandro González Clemente; La tostadora valiente (Jerry Rees, 1987) por Diego J. Corral; Mi tío (Jacques Tati, 1958) por Guillermo Triguero; Jackass 2: Todavía más (Jeff Tremaine, 2006) por Rubén Viera; El hombre sin edad (Francis Ford Coppola, 2017) por Adolfo Monje Justo; El último traje (Pablo Solarz, 2017) por Luis Pablo Hernández; Rebobine, por favor (Michel Gondry, 2008) por Rodrigo Arizaga; Solos en la madrugada (José Luis Garci, 1978) por Lorenzo Pascasio; Capitán América: el primer vengador (Joe Johnston, 2011) por Alejandro Moreno; Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) por Francisco Collado; Senso (Luchino Visconti, 1954) por Pedro García Cueto; Beautiful Girls (Ted Demme, 1996) por Luis Alberto Jiménez Acevedo; y Vivir (Akira Kurosawa, 1952) por Jorge Capote.

La lectura de estos textos nos trasladará a la niñez, a nuestro lugar de nacimiento, al recuerdo de un familiar querido, a los juegos de la infancia, a las películas en blanco y negro, a los cines ya cerrados, a las lecturas que nos marcaron, a los primeros amigos, a las historias contadas por tus abuelos, a la primera relación sentimental, a los sabores y olores del pasado, a la música en casetes, a las películas en VHS, a las pandillas de la adolescencia y a las personas que nos criaron. Todo este regalo de sensaciones que ofrecen los colaboradores de Versión Original no tiene el origen en la cinefilia, sino que es fruto de una generosidad sin límites. Trabajar desinteresadamente en la investigación de títulos que no se hayan mencionado en los veinticinco años de edición de la revista, conseguir ver la película seleccionada y posteriormente reflejar en 1.500 palabras aproximadamente todo el interés de la obra, es un acto de generosidad cultural.

La pasión y el conocimiento son imprescindibles para recomendar películas, aunque haya que saber plasmar esa pasión y los conocimientos cinematográficos a través de un vocabulario y una redacción que consiga convencer al lector de la calidad de la obra o lo interesante que será su visionado. Recomendar películas a través de la escritura no es una labor sencilla, también necesita de la lectura de toda la información relacionada con el filme. Es un proceso laborioso de lectura, visionado y escritura que hay que destacar, valorar y agradecer continuamente. Que sirva este fragmento de la obra “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez como agradecimiento infinito por la labor de los colaboradores de la revista de cine Versión Original.

“Deslumbradas por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para compartir las visicitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando, que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios”.