Revista de Cine Versión Original 231. La Riqueza

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En 1976 la cadena americana ABC estrenaba Hombre rico, hombre pobre en España, una miniserie de drama de doce episodios que consiguió cuatro premios Emmy (y casi una veintena de nominaciones), y quedó grabada en la memoria de muchos de los espectadores que, como yo, disfrutan ahora de la crisis de los cincuenta. Estaba basada en el best-seller de Irwin Shaw del mismo nombre, y nos transportaba desde el final de la Segunda Guerra Mundial a los últimos 60, a través de la historia de los hermanos Jordache, inmigrantes alemanes que tomarían caminos muy distintos en la vida. “Hombre rico” aludía a Rudy Jordache (Peter Strauss), el hermano ambicioso que logra construir un gran emporio económico y político, mientras que su hermano Tom (Nick Nolte), representaba al “hombre pobre”, con más dificultades para sobrevivir.

Desde muy jóvenes, tanto el cine como la televisión, han mostrado cómo puede ser la vida de un ser humano con dinero y poder. En la actualidad no hace falta que sean los medios audiovisuales los que nos ilustren sobre las ventajas de ser rico, y no me refiero a la abundancia de cualidades o atributos excelentes, la que disfrutan la mayoría de las personas que colaboran con esta revista, sino a la abundancia de bienes y oportunidades, que en manos de unos pocos están creando una sociedad desigual que debería estallar socialmente.

La distancia entre ricos y pobres se agranda a un ritmo sin precedentes: el 1% de la población mundial es, ahora mismo, dos mil veces más rica que el 50% de la población mundial. En la actualidad, el 20% más rico de la Tierra consume el 90% de los bienes producidos, sin embargo el 20% más desfavorecido sólo consume el 1% de dicha producción. Tras dejar sentado que los ricos son cada vez más ricos y que amplios sectores de la clase media descienden hacia una pobreza que no hace sino aumentar, la solidaridad humana, una actitud clave para un mundo mejor, no puede basarse en un “crecimiento económico” que hace opulentos a unos pocos a la vez que degrada el nivel de vida y la autoestima de un inmenso número de personas. La búsqueda, la propuesta, no puede ser otra que la de un mundo en el que la cooperación desinteresada y la reciprocidad cambien la creencia en un modo de vida basado en la rivalidad y la competencia en beneficio del enriquecimiento codicioso de un grupo reducido de privilegiados.

En este estudio sobre “la riqueza en el cine” se recomiendan diecisiete películas de grandes realizadores, entre ellas nueve relacionadas con la búsqueda del enriquecimiento, como El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) revisada por Victor Aertsen, Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007) por Carlos Escolano, El padrino de Harlem (Larry Cohen, 1973) por Lorenzo Ayuso, El precio del poder (Brian de Palma, 1983) por Carlos Martín, Un lugar en el sol (George Stevens, 1951) por Raquel Abad, El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948) por Rodrigo Arizaga Iturralde, Jackie Brown (Quentin Tarantino, 1997) por Ismael Crespo Fernández, La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925) por María Vaquero Argelés y El capital (Constantin Costa-Gavras, 2012) por José Manuel Rodríguez Pizarro; tres que reflexionan sobre las consecuencias de la codicia, La pesadilla de Darwin (Hubert Sauper, 2004) por Daniel Marín, Avaricia (Erich von Stroheim, 1924) por Guillermo Triguero y Tulsa, ciudad de lucha (Stuart Heisler, 1949) por Pedro Triguero-Lizana; dos filmes que nos muestran las vidas desmesuradas de los ricos, La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013) por Francisco Mateos Roco y Cosmopolis (David Cronenberg, 2012) por Vicente Rodríguez Lázaro; otras dos que reflejan la abundancia de otros valores, El secreto de vivir (Frank Capra, 1936) por María José Agudo y El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957) por Pedro García Cueto; y por último el difícil paso de la opulencia a la normalidad, la obra recomendada por José María Santiago: Blue Jasmine (Woody Allen, 2013). Que disfruten con la lectura.