V.O 293. Madrid en el cine

Madrid ha sido el escenario de infinidad de películas. La variedad de localizaciones que ofrece ha propiciado que directores nacionales e internacionales de todas las épocas hayan aprovechado nuestra capital para contar sus historias. Debido a que alberga la mayoría de sus lugares más representativos, su zona centro es la que principalmente ha aparecido en la pantalla, si bien la imagen cinematográfica de la ciudad se ha ido extendiendo más allá de su casco histórico, llevando la acción a muy diferentes barrios, calles y rincones. Por ello, la idea de dedicar un número de nuestra revista a comentar la relación que Madrid y el celuloide han mantenido a lo largo de los años ha cristalizado en un ejemplar que, sin renunciar a su vocación de recomendar y de comentar películas, puede perfectamente servir de guía para descubrir la evolución de la ciudad durante los últimos cien años. 

Así, varios de los filmes seleccionados nos trasladan a esas dos décadas del siglo pasado en las que Madrid empezó siendo una ciudad de dimensión mediana, castigada por las consecuencias de una guerra civil que la dejó depauperada y parcialmente derruida, para terminar metamorfoseada en una capital que superaba los dos millones de habitantes, que se había anexionado más de una decena de poblaciones cercanas, convertidas hoy en barrios sin los que no la podríamos concebir, y que comenzaba a estar rodeada de los municipios que terminarían por formar su actual área metropolitana. El paso de la acusada pobreza al moderado restablecimiento de la economía, el tránsito del temor y de la suspicacia de la sociedad a la confianza en un futuro próspero, y el recorrido desde una urbe hacinada en su núcleo y rodeada de poblados y chabolas en su perímetro a un centro de edificios emblemáticos y a una periferia de bloques de viviendas que absorbían a su creciente población, se aprecian claramente en La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944), El último caballo (Edgar Neville, 1950), Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), Cielo negro (Manuel Mur Oti, 1951), Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), Historias de Madrid (Ramón Comas, 1957), Los golfos (Carlos Saura, 1959), El pisito(Marco Ferreri y Isidoro M. Ferry, 1959), Solo para hombres (Fernando Fernán Gómez, 1960), El cochecito (Marco Ferreri, 1960), Gritos en la noche (Jesús Franco, 1962), La gran familia (Fernando Palacios, 1962), La bella loba (Alfonso Balcázar, 1962), El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963), El verdugo (Luis García Berlanga, 1963), Morir en Madrid (Frédéric Rossif, 1963) y 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1966). En ellas, entre otros lugares, aparecen la plaza de España, a punto de quedar perfilada por la Torre de Madrid y por el Edificio España; La Cibeles marcando ya el encuentro entre los distritos Centro, Retiro y Salamanca; puente de La Reina, sustituto del puente Verde y pasarela de conexión sobre el Manzanares entre dos de las colonias integradas en el barrio de la Bombilla; los paseos de la Castellana, del Prado y Recoletos, sujetos en sus denominaciones a los vaivenes del país durante el pasado siglo: ora la avenida de la Unión Proletaria, ora la avenida del Generalísimo; las castizas plazas de La Paja y de La Cebada, tradicionales espacios de mercadería y hábitat del pillaje y de la picaresca; la calle de Bailén y la de Segovia, eclipsadas por el Viaducto que se alza sobre las costanillas que comunican ambas vías; y la barriada de Lavapiés, olvidada tras la Guerra Civil y aventurado destino de las cándidas e ilusas gentes llegadas desde el campo.     

Más tarde y tras rebasar los tres millones de habitantes, los años setenta, ochenta y noventa del siglo veinte trajeron consigo la descentralización de sus principales áreas de residencia y de actividad industrial, así como la dedicación primordial del centro de la ciudad al sector terciario. Las cafeterías, los cines y los teatros abiertos en Gran Vía y en sus aledaños; las recién construidas Torres Kío en la plaza de Castilla y la bajada por la avenida de Asturias planeada para recuperar la deteriorada zona de la Ventilla; las calles y los bloques de ladrillo de Entrevías, separados del progreso por la M-30, hogar de trabajadores e inmigrantes y testigos de la pandemia de la heroína; los colegios mayores, las escuelas, las facultades y las bibliotecas de Ciudad Universitaria, diseñados para ser el escaparate de la arquitectura más notable de su época, los bares de Malasaña, luego idolatrados como el epicentro de la Movida, las galerías de arte y los locales abiertos al colectivo gay que empezaban a proliferar en Chueca, y la iglesia de San Francisco de Borja y la Casa Profesa de la calle Serrano en el lujoso barrio de Salamanca, inicio y final de trayecto del Dodge 3700 GT en el atentado de finales de 1973, enmarcan algunas de las escenas de Tormento(Pedro Olea, 1974), Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979), Gary Cooper que estás en los cielos (Pilar Miró, 1980), Ópera prima (Fernando Trueba, 1980), El crack (José Luis Garci, 1981), El crack Dos (José Luis Garci, 1983), Las bicicletas son para el verano (Jaime Chavarri, 1984), La estanquera de Vallecas (Eloy de la Iglesia, 1987), Amo tu cama rica (Emilio Martínez-Lázaro, 1991), La flor de mi secreto (Pedro Almodóvar, 1995), El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995) y Aunque tu no lo sepas (Juan Vicente Córdoba, 1999). 

Y ya en los últimos años Los límites del control (Jim Jarmusch, 2009), Todas las canciones hablan de mí (Jonás Trueba, 2010), No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011), Madrid, 1987 (David Trueba, 2011), Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011), Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013), Kiki, el amor se hace (Paco León, 2016), Julieta (Pedro Almodóvar, 2016), Que dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016), El bar (Álex de la Iglesia, 2017) y La virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019) exhiben el Madrid contemporáneo: el de la vanguardia del Museo Reina Sofía, el de las mañanas dominicales, entre puestos, cañas y almonedas, por los alrededores de la plaza de Cascorro, el de los paseos por el parque del Oeste, el de los turistas que deambulan por la plaza de Oriente y el barrio de las Letras, el que se aferra al cine en salas desde la glorieta de Quevedo hasta la plaza de los Cubos, el de los centros comerciales que amenazan con vaciar los espacios públicos, el que se ve brillar a lo lejos desde los descampados del extrarradio y el que nos abre la puerta al mundo a través del aeropuerto de Barajas.

El preámbulo a este viaje temporal y espacial es la entrevista que, en sus respectivos confinamientos, mantuvieron José María Clemente y el director Fernando Colomo. Y, como complemento a esta singular edición, encontramos el bonito regalo que Esperanza García Claver nos ha hecho llegardesde su obligada reclusión. 

Tras haber tenido que acudir estos dos últimos meses a la publicación digital como consecuencia del estado de alarma, este número 293 viene acompañado de la alegría por el retorno de nuestra revista al formato que, mes tras mes y durante 27 años, siempre ha tenido y de la ilusión de poder seguir poniendo Versión Original a vuestra disposición en el papel ecológico que para todos los que trabajan en su edición, para sus suscriptores, para las bibliotecas, para las universidades y para las librerías constituye una de las principales características que conforman su identidad.

Esperamos que este ejemplar sea del agrado de todos los lectores y que sirva de homenaje a la cinéfila ciudad de Madrid y también de reconocimiento a todas las personas que hacen posible este proyecto cultural que es Versión Original, y, en particular, a quienes se han animado a participar en este número, cuya complicidad y generosidad no nos cansamos de agradecer. Que disfruten del paseo y de la lectura.

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