
V.O 354 PALESTINA
Las personas vivimos, o malvivimos, de nombres abstractos. De nombres que no significan nada, pero que pueden significar lo que sea. El terrible mundo en que vivimos lo demuestra. Esos nombres abstractos prefiguran la vida de toda la gente, incluida la de aquella que dice no querer meterse en política. Vienen propiciados por el discurso del poder para esconder, en nuestra sociedad de consumo, un único nombre concreto: el dinero. Y una única motivación: yo más que nadie. Sin embargo, esos nombres, que dicen lo contrario de lo que hacen, se entremeten por la piel de todos: libertad, democracia, derechos humanos, paz… En nombre de todos ellos se mata, como decía Galeano. Pero hay uno de esos nombres abstractos que ha servido y sirve para oprimirnos más que ningún otro de los anteriores. Tomo cita del poeta, de Juan Ramón, que lo expresa mejor: “El dios. El nombre conseguido de los nombres”. Baste mirar a los integristas del sionismo que han provocado el genocidio en Palestina, que son sólo los últimos de una larga hilera que se pierde en la noche de los tiempos.
Ante esto, ¿qué hace el arte? Pues exactamente lo contrario. Toma la abstracción y ahí está Bernini presentando al dios Apolo, el acosador, y a su ninfa Dafne, la acosada, y moldeando con su tacto un trozo de mármol para convertirlo en algo tangible, concreto. Y Beethoven tomando a su dios protestante y estimulando con belleza nuestro oído en su Missa Solemnis. O Leonardo, con su dios católico estimulando nuestra vista en su Última Cena. Luego vendrá Buñuel para hacer lo propio caricaturizando esta última en su Viridiana. Y llegamos al cine, el desnombre conseguido de los desnombres, permítanmelo decirlo. Y hay otros nombres que, por muy propios que sean, siguen siendo abstractos y… dañinos en tanto y en cuanto se queden en lo abstracto como tantas veces se quedan: América, España, Israel… Y Palestina, claro.
Por eso el arte y la cultura resultan el mayor gesto subversivo contra este orden desordenado. Porque, con la ficción de la belleza, arrastran la ficción de la realidad que nos oprime, llena de nombres abstractos, al terreno de lo concreto, de lo próximo, de nuestra vida cotidiana. La realidad ficcional nos vuelve humanos, y democráticos de verdad, y pacíficos de verdad, y libres. Por eso el cine pone ante nuestros ojos la ficción más real, por concreta, por precisa, de lo que nos pasa, de lo que somos y de lo que queremos ser.
Traemos en las páginas de este número tan especial de Versión Original, testigo de lo que sucede, concreciones del hermoso nombre de Palestina. Nombres concretos que nos tocan, porque son de carne y hueso, no sólo de sufrimiento, de inquietud o de rabia. También de evidencias que a veces se pierden en la costa de un mar de Gaza o de los olivares de Cisjordania que, pese a la sangre soportada, siguen siendo tan profundos como concretamente hermosos. El cine es el mejor de las concreciones subversivas. Es la lucha realmente vencedora de nuestros días.
En los últimos cien años, cada vez que la humanidad ha estado al borde del colapso como ahora, el cine ha respondido brillando con mayor fuerza: en el neorrealismo italiano, en la Gran Bretaña thatcheriana, en el Irán de los años noventa del pasado siglo o en la Argentina de la primera década del presente, por sólo poner algunos ejemplos. Ahora, por el mundo, en una diáspora cultural que no es dispersiva, sino más bien, todo lo contrario, el cine palestino vuelve a hacer lo propio. Sin duda, este se erige, quizás no tan sorprendentemente como cabría esperar, en una de las luminarias del cine contemporáneo. En las páginas de nuestra revista lo llevamos estudiando desde julio de 2024, antes del Óscar a No Other Land y más aún de la ovación histórica en el Festival de Venecia y del León de Plata a La voz de Hind. Por todo ello, “el limón maduro estaba”, como dice una canción de liberación palestina, para un número completo de Versión Original dedicado a una de las filmografías más deslumbrantes de nuestro presente.
El genocidio cultural no pasará, los violentos no vencerán en él, y este número da cuenta de treinta razones concretas para ello, treinta películas que son treinta victorias concretas de la mejor resistencia, la de la cultura, de la Palestina hecha por los palestinos de origen, o por los de adopción, entre los que nos incluye nuestro amigo, el Sr. Embajador de Palestina en España, don Husni Abdel Wahed, a quien dedicamos sus páginas, como representante del noble pueblo que está detrás.
Los terroristas son los otros, los que matan y destruyen. Palestina es una cultura de paz y de belleza, de una paz, la única posible, que sólo se puede construir sin armas y con cultura. Tienen en sus manos una concreta crónica de esa belleza y de esa paz, desconocida demasiadas veces para las masas. Les deseamos que la disfruten en tanto el fragor de las bombas y el rugido del hambre nos lo permitan.
Desde el río hasta el mar la cultura vencerá.