V.O 359 Lisboa

Lisboa no se deja mirar de una sola vez. Se insinúa por capas: la del Tajo abierto al Atlántico, la de las colinas que obligan a mirar desde arriba, la de los tranvías que ascienden como si arrastrasen la memoria, la de los azulejos, los miradores, la Baixa, Alfama, Chiado, Belém y sus monumentos volcados hacia la historia marítima.

Más que una localización, Lisboa es, para el cine, una forma de luz: blanca, atlántica, a veces dorada, a veces casi fantasmal. Una claridad que desciende sobre los azulejos, las fachadas desconchadas y los adoquines… Una ciudad cultural por sedimentación: romana, árabe, marítima, imperial, popular y moderna; hecha de costumbres, cafés, mercados, ropa tendida, escaleras, plazas, tabernas y canciones. Una ciudad, en cuyos barrios el fado se reivindica como forma de memoria afectiva: la expresión musical de la saudade, de la ausencia y del tiempo perdido, como han señalado estudiosos de la cultura portuguesa como Eduardo Lourenço. 

Este número de Versión Original se adentra en esa Lisboa filmada: ciudad-puerto, ciudad-refugio, ciudad-laberinto, ciudad de amantes, conspiradores, exiliados, revolucionarios y fantasmas. Al espacio de las adaptaciones literarias pertenecen El invierno en Lisboa (José Antonio Zorrilla, 1991), que convierte la ciudad en música nocturna, en territorio de deseo, huida y jazz; o El perro del hortelano (Pilar Miró, 1996), que encuentra en los espacios portugueses una belleza cortesana y luminosa. La casa de los espíritus (Bille August, 1993) utiliza Lisboa para levantar otras geografías imaginarias. Y Sostiene Pereira (Roberto Faenza, 1995), atravesada por la sombra del salazarismo y por la dignidad de quien despierta frente al miedo, hace de la ciudad un lugar de conciencia.

Los clásicos del cine internacional vieron en Lisboa un puerto de tránsito, intriga y secreto. Los conspiradores (Jean Negulesco, 1944), Tormenta sobre Lisboa (George Sherman, 1944) y Lisboa (Ray Milland, 1956) la situaron en el imaginario de la guerra, el espionaje y la frontera. La piel suave (François Truffaut, 1964) la convirtió en paréntesis sentimental, en ciudad donde el deseo deja una herida. 007 al Servicio Secreto de su Majestad (Peter Hunt, 1969) El pescador pescado (George Marshall, 1969) incorporaron su rostro atlántico al cine popular. Pero quizá ninguna película haya captado su suspensión íntima como En la ciudad blanca (Alain Tanner, 1983): allí Lisboa no es destino, sino extravío; no es decorado, sino una manera de abandonar la vida anterior.

El cine contemporáneo ha seguido regresando a Lisboa para interrogar sus metamorfosis. Tierra extranjera (Walter Salles y Daniela Thomas, 1995) la filma desde la extranjería y el desarraigo. La novena puerta (Roman Polanski, 1999) explora su misterio. A la revolución en un dos caballos (Maurizio Sciarra, 2001) la enlaza con la memoria política. Tren de noche a Lisboa (Bille August, 2013) la convierte en viaje hacia el pasado y la resistencia. El ritmo de Lisboa (Rita Maia y Vasco Viana, 2019) escucha sus músicas urbanas; y Pobres criaturas (Yorgos Lanthimos, 2023) la reinventa como ciudad fabulosa, excesiva, casi soñada.

Pero Lisboa pertenece, sobre todo, a quienes la han filmado desde dentro. La película española Reina Santa (Aníbal Contreiras, 1947) dialoga con la tradición histórica del siglo XIII. Los verdes años (Paulo Rocha, 1963) abre la modernidad del cine portugués desde el desarraigo juvenil. Recuerdos de la casa amarilla (João César Monteiro, 1989) revela una Lisboa grotesca, lírica y marginal. Capitanes de abril (Maria de Medeiros, 2000) la llena de claveles, esperanza y revolución. Alice (Marco Martins, 2005) la recorre como un mapa del dolor. El fantasma(João Pedro Rodrigues, 2000) desciende a sus noches secretas.  Las mil y una noches: Vol. 3. El embelesado (Miguel Gomes, 2015) la convierte en fábula política, sueño y desencanto. Y, por último, Índia (Telmo Churro, 2022) muestra una cartografía muy personal rechazando los lugares más turísticos de la ciudad. 

Mención imprescindible merece Pedro Costa, que ha filmado otra Lisboa: la de Fontainhas, la de los márgenes, la de los cuerpos invisibles que la postal no muestra. Hasta tres películas del cineasta, situadas en la parte central de la revista, puede encontrar el lector: En el cuarto de Vanda (2000), Caballo Dinero (2014) y Vitalina Varela (2019). En ellas, la ciudad deja de ser paisaje para convertirse en herida histórica, memoria colonial y dignidad resistente. Su cine recuerda que toda belleza urbana guarda también una deuda con quienes fueron apartados del centro.

El cine vuelve a ella porque Lisboa no cabe en una sola película, porque sabe que allí la luz no ilumina del todo: acaricia, hiere, demora. Y quizá por eso, cuando Lisboa aparece en la pantalla, sentimos que no estamos viendo una ciudad, sino que la ciudad nos ocurre porque no se agota en la mirada —del cine y de nuestra vida—, porque, en fin, antes de ser comprendida, ya ha dejado una huella. 

 

 

Fran Amaya

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