V.O 362 Oficinas

Con su coreografía de luces fluorescentes, tecleos rítmicos y jerarquías invisibles, la oficina moderna sobrepasa su finalidad primordial, ser un simple lugar de trabajo, para convertirse en un microcosmos de la condición humana. A lo largo de la historia del cine, el espacio corporativo dejó de ser un mero fondo estático y se erigió en un personaje en sí mismo, un espejo que refleja las ansiedades, ambiciones y frustraciones de la sociedad contemporánea. Desde las alienantes hileras de escritorios idénticos en los clásicos en blanco y negro hasta los deslumbrantes, al tiempo que despiadados, rascacielos del capitalismo salvaje, el cine ha sabido capturar la esencia del entorno laboral como un gran escenario dramático. Este monográfico de Versión Original se adentra en las dinámicas del “Cine de Oficina”, un subgénero elástico que transita con asombrosa facilidad entre la comedia satírica y el thriller psicológico. Analizamos cómo los directores utilizan la arquitectura corporativa —el cubículo como celda, la sala de juntas como arena de gladiadores y la fotocopiadora como el último refugio de la interacción humana— para explorar la pérdida de identidad y la enajenación del individuo. Asimismo, examinamos la evolución de estas narrativas, que parten de la crítica a la monotonía burocrática y del anhelo de evasión y llegan a los retratos más oscuros de la codicia financiera, al acoso sistemático y a las sutiles estructuras de poder que definen el día a día de millones de personas. Al final, descubrimos que observar una oficina a través de la lente del cine no es solo mirar el trabajo de otros, sino contemplarnos a nosotros mismos en el espejo de la rutina.

La oficina cinematográfica es el lienzo perfecto para radiografiar las crisis del mundo moderno. Ya en 1928 King Vidor capturó la deshumanización de las masas en la mítica Y el mundo marcha. Esa alienación burocrática ha viajado por geografías e historias: desde la Italia profunda de Ermanno Olmi en El empleo, pasando por el Japón de Yasujiro Ozu en Primavera precoz, hasta el Hollywood clásico que retrató los entresijos del periodismo en El cuarto poder de Richard Brooks o la intriga criminal de El reloj asesino de John Farrow. Incluso el cine clásico nos demostró que la oficina puede ser el motor de grandes comedias románticas y enredos de alta sociedad, como ocurre en Amor en la oficina de Otto Preminger y Millie, una chica moderna de George Roy Hill.

Cuando la rutina se extrema, el cine suele responder con sátira, rebelión o delirio. Este monográfico analiza hitos de la insurrección laboral como Cómo eliminar a su jefe (Colin Higgins) y el desencanto generacional de Trabajo basura (Mike Judge). Cruzando la línea hacia el absurdo psicológico, nos adentramos en los pasadizos de Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze) y las misteriosas estancias de Corner Office (Joachim Back), llegando incluso al terreno del terror y de la violencia explícita con Mayhem (Joe Lynchy), y a la irrealidad de The Belko Experiment (Greg McLean). En contraste, directores como Billy Wilder en Un, dos, tres prefirieron usar la estructura empresarial como un frenético tablero de ajedrez político durante la Guerra Fría, mientras que películas como Joe contra el volcán (John Patrick Shanley) abordaron el trabajo gris como el catalizador de una crisis existencial definitiva.

 

El poder financiero, la ambición y la precariedad forman otro de los grandes pilares de este ejemplar. La actualidad de internet en los negocios de Lo and Behold: Reveries of the Connected World (Werner Herzog), la agresividad comercial de Glengarry Glen Ross (James Foley) y los tiburones de La gran apuesta (Adam Mckay) conviven con el drama de la reconversión y el despido en The Company Men(John Wells). El papel de la mujer en estos entornos también se analiza desde diferentes épocas y perspectivas: la lucha por el ascenso en Armas de mujer (Mike Nichols), el choque cultural de Sueños de una escritora en Nueva York (Philippe Falardeau), el pulso por el control de la banca en La banquera de Francis Girod y la provocativa mirada actual sobre el deseo y la dominación ejecutiva en Babygirl (Halina Reijn).

 

Finalmente, nuestra cinematografía y el cine iberoamericano tienen un protagonismo fundamental por su capacidad para retratar la mezquindad y la presión psicológica en entornos más cercanos. Clásicos como el drama criminal argentino Apenas un delincuente (Hugo Fregonese) y el retrato social de Tute Cabrero (Juan José Jusid) se mezclan con la claustrofobia de Smoking Room (J.D. Wallovits y Roger Gual) y la tensión ética de La punta del iceberg (David Cánovas) o el misterio de La eskalera india (Jesús Carlos Salmerón). Que disfruten con y de la lectura.

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